Microrrelato: Tu eliges.

Bill estaba tomándose el café de media mañana, abriendo un libro nuevo que le había regalado su mujer por su cumpleaños. Lo abrió despacio sin doblar demasiado las páginas y olió las hojas. El expreso estaba un poco fuerte; echaba de menos el Starbucks de Londres, pero tendría que acostumbrarse a este nuevo café romano. Entró la secretaría con una caja chapurreando el ingles. La dejó encima de la mesa; salió dejando fuera el barullo de la oficina y el teclear de las secretarias, volviendo al sosiego de su despacho. Ahí estaba esa caja misteriosa  sin remitente.

La caja traía un sobre con: “confidencial”, escrito en el dorso. Abrió el sobre con sumo cuidado. La carta ponía: “Tiene dos horas para abrir la caja. El contenido de la caja puede perjudicar gravemente la relación con su mujer”. Estaba escrito a mano con una caligrafía torcida, no ponía nada más; al final un número de teléfono. Sacó un cigarro dándole un toque al paquete, lo encendió. Y siguió leyendo Orgullo y prejuicio. Cuando apareció el señor Darsy dejó de leer, cogió la carta y llamo al número de teléfono.

— Señor Culpepper, esperaba ansiosa su llamada ¿Ha decidido ya que hacer?

— Disculpe, ¿quién es usted?

—Eso no es importante ahora, ¿ha decidido ya? Se le acaba el tiempo.

—¿Cómo va a saber si la he abierto o no?

—Pasarán a recogerla más tarde.

—Pi…Pi…Pi…

Colgó el teléfono y se encendió otro cigarrillo, cruzó las piernas y miró fijamente la caja como si pudiese ver dentro de ella. La giró, le dio la vuelta, la cogió en peso. Era grande, pero pesaba poco. La colocó en la mesita que tenía delante del escritorio y empezó a dar vueltas alrededor de ella. Se sirvió un whisky solo. Sonó el teléfono, lo cogió rápido.

—Francesca no me pases más llamadas.

Continuó observándola, cogió de nuevo la carta: “…El contenido de la caja puede perjudicar gravemente la relación con su mujer.”.  Se repetía una y otra vez: “…perjudicar gravemente la relación con su mujer.”.

Cogió la caja, la abrió y cayó desplomado en el sofá. No podía creerlo. Había una foto de  su buenísima mujer y ese asqueroso italiano que trabajaba en el despacho de al lado. Sonó el teléfono y vociferó:

— ¡Francesca te he dicho que no me pases más llamadas!

Seguía sonando el chirriante teléfono. Se levantó corriendo y descolgó el teléfono.

—¿Sí?

—Señor Culpepper, ¿ha decidido ya?

— Si lo he abierto.

—Quieres que te lo recojan o prefiere quedárselo.

—Me lo quedo.

—Lo siento por usted Sr. nadie lo imaginaba.

—Adiós y gracias.

Decidido volvió a sentarse en el sofá con la caja entre sus piernas y empezó a sacar las  fotos una a una. Había fotos tanto de su mujer con su amante como de él y sus amigas de cada noche. No sabía que hacer. Empezó a sacar las fotos he hizo dos montones uno con sus fotos y otro con las fotos de su mujer. Ahí seguía sentado frente a las dos grandes montañas de fotos. Mientras el salía de fiesta y se iba con jovencitas, su mujer quedaba con su compañero de oficina.  Ring, ring.

– Hola cariño, ¿que tal tu día? ¿Preparado para tu almuerzo de cumpleaños? –Bill seguía sin contestar.

– ¿Cariño? ¿Ocurre algo?

– No nada, estaba leyendo una cosa. ¿Ha que hora es la comida?

– A las 2, no tardes.

Recogió las fotos y las volvió a meter en la caja. Metió la caja dentro de la caja fuerte y cogió su chaquetón. Antes de irse, vió una de las fotos en el suelo; se la metió en el bolsillo y se fue corriendo, llegaba tarde.

Ya estaban todos en la mesa esperando que Bill llegase. Estaban todos sus pocos amigos que tenía en Roma, incluido su compañero de oficina y amante de su mujer. Bill no habló nada durante la comida, solo observaba a tu mujer al otro lado de la mesa hablando con su amante.

Llegaron a casa Bill y Margarite a casa: ella feliz y borracha, él cabreado. Había una caja en la entrada a nombre de Margarite con un sobre con la misma caligrafía que Bill, dentro solo ponía: “Tú eliges”. Dentro de la caja, las mismas fotos que le llegaron a Bill. Ella la abría desconcertada sin saber que hacer, no daba crédito. Bill se acercó y posó sobre la mesa la foto que tenía guardada en la chaqueta. Miró a mi mujer fijamente con semblante gélido y solo dijo: “tú eliges”.

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